El tiempo no corre siempre a la misma velocidad, pensé mientras encendía el último cigarrillo de la noche para disfrutar completamente el café. No. Nadie puede sostener lo contrario. No hay forma de sentirlo alrededor nuestro en su eterna caminata, sin percibir el cambio de sus pasos. Al terminar este pensamiento, intuí que algo había sucedido. Una novedad, un soplo de luz había acariciado mi pensar. Pero no quise seccionar al rayo examinándolo mucho. No, evité la detención, y di riendo suelta a las ideas.
Otro sorbo al café que relucía en su inmutable negrura, y el tiempo que se paralizaba esta vez. Eso, el tiempo... Sus distintos momentos. Circunstancias en que adquiere un andar calcino, hermoso y calmo, pero que también a veces traspasa esa línea para convertirse en tedioso, y porque no angustioso en su lento avance. En otros casos, acelera su marcha, cobra una vivacidad extasiante, lo que conlleva una ansiedad marcada por lo pronto a suceder, una especie de carrera frente a la novedad, a la sorpresa. Y no se puede dejar de lado la sensación de fugacidad que este éxtasis presenta, que se acompaña por una impresión muchas veces inquietante, de no estar viviendo totalmente esos instantes, de no ser claramente el actor de lo que uno es. Pero eso si, el tiempo no anda siempre sobre los mismos patines.
Mientras entendía esto, si es que puedo hablar de entendimiento, miré un reloj que colgaba en la pared. Parecía que este me hablaba, casi como riéndose de mi. Me gritaba, me mostraba lo estúpido de mi pensamiento avanzando sus agujas con la exactitud de un relojero suizo. Imaginé a todos los relojes braceando juntos para atravesar un mar sin fin. Todos coordinados en cada braceada, siguiendo el compás de un tambor que marcaba el ritmo del avance. Pero a pesar de esto la intuición mantenía su fuerza. En esta aparente contradicción anidaba justamente un des-tiempo. Como una moneda con sus dos caras, pero que solamente juntas pueden dar consistencia a lo que son. Esa supuesta diferencia entre el tiempo de reloj y el tiempo biológico o subjetivo, que encarnan el des-tiempo del sentir.
Al pensar esto, vi al reloj estirarse, desdoblarse, lo vi volverse elástico. Lo imaginé como un chicle, o como un resorte, que adquiere su tamaño dependiendo de las fuerzas que lo habitan, pero que siempre puede volver a su estado original, donde ya no quedan impulsos, estado que no es otro que su muerte.
Automáticamente sentí haber leído, visto o escuchado este pensamiento en algún lugar. ¿Dónde podría ser? La memoria no parecía querer darme la pista clave. Mientras mas buscaba, menos encontraba... como todo en la vida, tal vez. Tantos han dedicado sus tiempos al tiempo, tantos han intentando desentrañar su esencia, pero particularmente sentí que era una pieza exclusiva la que quería asomar la cabeza a la conciencia. “Time”, cantaba Roger Watters intentando decir algo...
“Every year is getting shorter, never seem to find the time
Plans that either come to naught or half a page of scribbled lines
Hanging on in quiet desperation is the english way
The time is gone, the song is over, thought Id something more to say”
No, no era esto lo que intentaba recordar. No eran palabras, ni tampoco dulces melodías. Eran... imágenes, si, eso... colores, figuras. Claro, imágenes del tiempo... Casi desesperadamente caminé hasta la biblioteca. La abrí violentamente, como si se me acabara el tiempo para encontrar lo que buscaba. Miré estante por estante, lomo por lomo, letra por letra, sin saber exactamente que rastreaba. Parecía un sabueso buscando algo prohibido, como un perro policía que olfatea todo, cada maleta, cada bolso, cada persona, buscando esa droga, sin saber cual ni donde estará. El perro busca desesperado pero no porque sea su trabajo, no. Lo hace por que lo han convertido en un adicto a la droga, la necesita... Yo mismo era uno de esos perros, necesitaba encontrar eso que no sabia que era, eso que se ocultaba en la memoria, eso que había inducido a todos esos pensamientos sin siquiera aparecer, sin siquiera mostrar su silueta. Estaba atascado en un impass, justamente el tiempo no parecía querer avanzar hasta encontrarlo, o mejor aun, no había tiempo. Era una ironía. Había comenzado a pensar en el tiempo sin saber bien porque, y en ese impulso, el tiempo se había detenido. No era una sensación agradable, sabia que si no desentraña el origen, la causa de todo eso, no podría salir de ese des-tiempo, las agujas de mi mente no avanzarían.
Todos sabemos que esto ocurre muchas veces, siempre ante circunstancias diferentes, con distintos matices, pero invariablemente con la misma sensación... una detención, un parate, la impresión de lo inmóvil que nos invade. Y los mas llamativo es que justamente se presente la misma interrupción en la cadencia, pero ocasionada por sucesos aparentemente opuestos que producen sensaciones opuestas. Una noche de placer intenso, prolongado, extasiante que parece nunca acabar, o acabar muchas veces, para volver a empezar eternamente. Placer casi intolerable en su intensidad. O por el contrario, una noche, o una mañana de abismos, de angustia eterna, donde uno queda como estacado al dolor, sin poder salir de una especie de loop que se apodera de nuestro ser. Sufrimiento sin fin, pero que si nos atrevemos a mirar, podemos descubrir que su perpetuidad efímera proviene de algún tipo de placer oculto de nuestro existir, una necesidad de repetir sin cesar para poder calmarnos en un momento al capturar una verdad, una certeza sobre nosotros mismos. Aparentemente opuestos, ambos iguales en su des-tiempo. Uno de placer casi insoportable, el otro de una angustia necesariamente lujuriosa; uno que transcurre en el vértigo del éxtasis, el otro en el aturdimiento lento del desconsuelo sin fin aparente. Pero ambos sin tiempo, o con su propio tiempo que no pedalea la bicicleta con el mismo ritmo que el reloj.
Abrigando esa impresión en todo mi ser se desarrollaba la búsqueda. De pronto encontré un titulo que me obligó a detenerme. Era “La historia del tiempo” de Hawking. Naturalmente semejante titulo me exigió tomarlo, algo me llamaba desde las palabras que contenía. Pero al tomarlo, no sabia bien que hacer, ni que podía obtener de el. Abrí el libro al azar, en cualquier página, sin ninguna determinación en particular... “principio de incertidumbre” pensé para mi mismo. Plácidamente, fijé mis ojos en algún párrafo y leí: “Según la Teoría General de la Relatividad lo que sucede con el espacio-tiempo es bastante similar. Cuanto más ingente y más densa sea una estrella, tanto más se curvará y distorsionará el espacio-tiempo alrededor de la misma. Si una estrella inmensa que ha consumido ya su energía nuclear se enfría encogiéndose por debajo de su masa crítica, formará literalmente un agujero sin fondo en el espacio-tiempo por el que no puede pasar la luz.” No entendí del todo lo que esas palabras intentaban decir, pero si retuve algunas de ellas. “tanto más se curvará y distorsionará el espacio-tiempo alrededor de la misma” El tiempo se distorsiona, cambia, está sujeto a otra cosa, no habita en la permanencia, en la inmutabilidad. Pensé para mi mismo que hasta la ciencia comenzaba a acompañar la intuición que los poetas ya habían plasmado hacia tanto tiempo, aunque fuese en otros términos. Pero dos palabras retumbaban aun de esa frase. Dos vocablos que se presentaban unidos, indicando su alianza... espacio-tiempo. Sin saber porque, ni como, ni de donde, una canción se me presentó abruptamente. Era de los Beatles, no recordaba el nombre exacto pero si la poesía:
There is a place where I can go
When I feel low, when I feel blue
And it’s my mind and there”s no time
When I’m alone
“Si, mi tocayo intuyó ya lo mismo”, cavilé instintivamente. Un espacio-sin-tiempo, un lugar-a-des-tiempo, mi mente... Pero había caído de vuelta en palabras y melodías, y no era ese el origen de todo este pensar, eran imágenes. Así que continué con la pesquisa incesante, necesitaba encontrar la raíz.
De pronto caí en una obviedad, algo que no entendía como no se me había clarificado antes. Si de colores y figuras se trataba, tenía que mirar en el estante que acumulaba los libros sobre pintores. La simpleza en el pensamiento es lo que más cuesta obtener. No había caído en este sencillo razonamiento desde un comienzo, aunque se presentaba ahora como lo mas evidente para hacer. Misterios de la memoria. ¿Porqué uno olvida?, ¿Porqué uno recuerda?, ¿Porqué cuesta tanto a veces y nada otras?. ¿Porqué se oculta eso que buscamos tan intensamente, se disfraza de oscuridad; y porqué se presenta sorpresivamente de un momento a otro, sin mediar lógica alguna? ¿O es que verdaderamente habita una razón tras este aparente olvido-recuerdo sin sentido? No tenia una respuesta para todas estas preguntas en ese instante.
Lo que si ocurrió fue que ni bien obtuve esta claridad en el proceso de búsqueda todo se resolvió rápida y naturalmente. Tomé de inmediato el libro que tenia escrito en letras negras sobre su lomo el nombre indicado: Salvador Dalí. Sin pensarlo miré el índice y encontré lo que quería... “La persistencia de la memoria”. ¿Casualidad? Abrí la pagina indicada y todo se iluminó. Miré, vi, sentí, me metí en la bahía de Port Lligat al amanecer. Todo cobraba sentido, aun sin entenderlo del todo. El tiempo parecía arrancar de nuevo, aunque no con su velocidad de siempre, pero si comenzaba con los primeros pasos de una caminata plácida. Las palabras surgieron en mi cabeza espontáneamente. Los relojes, como la memoria, se han reblandecido por el paso del tiempo, paso inconstante, zigzagueante, cambiante. Leí a un costado una cita del propio Dalí: "Podéis estar seguros de que los famosos relojes blandos no son otra cosa que el queso camembert del espacio y el tiempo, que es tierno, extravagante, solitario y paranoico-critico". El artista y su intuición sin lógica.... o por el contrario con la lógica mas poderosa de todas. El reloj se derrite. Se hace blando. Relojes sin esqueletos, sin huesos, sin consistencia, que no es otra cosa que el tiempo arrugado, tiempo que se empieza a quemar, a restar. Casi como un reflejo volví a mirar al reloj colgado en la pared. Lo vi nuevamente estirarse, distorsionarse en su propio espacio. Pero no era otra cosa que yo mismo dilatándome, captando esa otra dimensión de la realidad, esa que parece no querer ser vista por quien no quiere mirar. Pensé para mi: si nos absorbemos en la contemplación de un objeto, podemos hacer aparecer un segundo estado, incluso múltiples, liberando dicho objeto de su significado inicial y convenido. Y no estamos haciendo otra cosa que descubrir a la realidad misma en su variadas dimensiones; o mejor aun, a nosotros mismos reblandecidos en nuestro existir.
De pronto percibí que ya el cansancio me abrazaba. Todo mi cuerpo parecía caerse de si mismo. Sentí el peso de los párpados, junto al deseo de amar intensamente a mi cama. Había entrado en una especie de estado hipnótico, y la gravedad me exigía dejar caer mi peso rápidamente. Parecía que un poder externo me obligaba a interrumpir el descubrimiento, justo en el momento exacto en que una sombra de la verdad buscada surgía para asomar su timidez. Pero no hubo anhelo que pudiera detener ese cansancio y emprendí el corto camino hasta la cama para zambullirme en ella. Casi instantáneamente estaba dormido, subsumido en un sueño intenso. Otro des-tiempo hacia su presentación, ese mismo que se despliega todas las noches.
Tal vez en la mañana recuerde la revelación de la noche anterior, o tal vez simplemente recuerde un sueño. Un sueño con relojes blandos, un sueño con un lugar sin tiempo, porque tal vez sean estos, los sueños, el lugar mismo donde nos encontramos fuera del alcance del tiempo y del espacio; espacio sin lugar donde se produce el triunfo sobre la lógica del tiempo constante y su supuesta realidad. Esa realidad que no es otra cosa que un sueño que comienza tras el despertar, pasaje de un tiempo a otro.
Nicolás J. I. Fulle